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La clase: ¡entre los muros! PDF Imprimir E-mail

Leonardo Garnier, Ministro de Educación Pública

“La Clase” – película de Laurent Cantet – plantea con sensibilidad los dilemas de la vida entre los muros de un colegio francés… o de cualquier parte. Probablemente la diversidad estudiantil es aún mayor allá que en nuestras aulas, pues esa es la Europa de hoy: ayer Europa se tomó el mundo, hoy el mundo se les mete por la ventana. “Soy francesa,  pero no estoy orgullosa de eso” dice una estudiante. “Yo tampoco” responde Francois, el profesor francés (es decir, francés-francés). Pero la diversidad la vivimos todos y es al mismo tiempo difícil y hermosa: ¿cómo aprender a disfrutar la diversidad, a crecer con ella?

Junto al conflicto de la diversidad Cantet nos muestra el conflicto que surge de esa realidad – las familias, los barrios, los grupos – que inevitablemente permea y transforma el colegio. Aunque lo pretendan, los centros educativos no son ‘burbujas’ aisladas de sus entornos y la película, por cierto, no se llama “La Clase”. En el original francés se llama “Entre los muros”, título que refleja con mucho más fidelidad esa sensación de refugio/cárcel que tienen a veces los colegios, sobre todo en las comunidades donde más se sufren las desigualdades y conflictos sociales. En español, sin embargo, el lenguaje nos permite otro juego de palabras: sólo una letra distingue aula de jaula.

El muro, la jaula, el colegio ¿pretende simplemente contener a los jóvenes mientras se les pasa la juventud? Eso no funciona en la película… ni debe funcionar en la realidad: en el colegio se construye identidad y ahí todos – estudiantes y docentes – son protagonistas que conviven en sus distintas relaciones: estudiantes con docentes, estudiantes con estudiantes, docentes con docentes y, claro, el director… que debe “mantener el orden” aunque en el fondo sabe – o intuye bien – lo que tiene entre manos.  

Cantet nos presenta una constante del sistema educativo: el miedo. Cuando hay miedo y desconfianza las respuestas iniciales son casi inevitablemente de agresión, agresión defensiva, agresión mutua: ¿por qué me pide eso? ¿por qué debo leer? ¿por qué le voy a contar de mi vida? – dicen las y los estudiantes. Por su parte, sentimos la frustración del profesor que intenta agrietar el muro mientras desafía sus propios miedos: frente a sus estudiantes, que le retan con y sin razón; y frente a sus colegas, que también. Francois se siente atrapado: se finge duro para no parecer débil ante sus estudiantes... pero no es lo suficientemente duro, no le nace. Entonces la paradoja le cae encima: los estudiantes no lo respetan y eso lo hace aparecer débil frente a sus colegas y el director, para los que el castigo, en espiral ascendente, parece resolverlo todo. Pero ¿lo resuelve?

Ya quisiéramos que fuera tan fácil. En realidad el castigo lo oculta todo: logra que se porten bien, claro, mientras nadie los ve; pero ¿enseña… realmente enseña? Recordemos al joven Sulemán: ¿aprendió más con el castigo – la expulsión – que con la tarea que le forzó a disfrutar de su fotobiografía? La película sugiere que no; tiendo a coincidir.

El dilema frente al castigo es inevitable. Sabemos que no es fácil dar clases a grupos grandes de adolescentes; pero, debiéramos saber también (más que saber, recordar) que ¡no es fácil ser adolescente! El castigo es a veces inevitable, pero resulta siempre una muestra de nuestro fracaso educativo: es un último recurso ante la impotencia. No se malentienda, cuando digo último recurso no digo que no deba usarse; hay momentos en que solo nos queda el castigo: esos momentos en los que simplemente no podemos “no hacer nada” pero tampoco podemos hacer nada más. Pero, aún entonces, el reto es entender el castigo como instrumento educativo, no como venganza ni como simple represión: ¡me la vas a pagar! ¡así vas a aprender! ¿Así? Depende: ¿sabremos castigar educativamente?

Pero no basta; hay mucho más que hacer: construir identidad, perder miedos, abrir canales de comunicación, en fin, romper los muros, esos muros interiores que separan a estudiantes y docentes, a docentes entre sí, a compañeras y compañeros... los separan y enfrentan, muchas veces por diferencias nimias que son más bien las excusas de los pequeños miedos que llevamos dentro y que se agigantan frente a la actitud hostil o agresiva del otro, fruto a su vez de sus miedos particulares.

Hay que hacer de todo un poco, sin garantía, pero con esperanza: desde aprender a conversar, hacer trabajos en común, campamentos, enfrentar retos, hacer y rehacer grupos, romper argollas, jugar roles... siempre con el propósito de conocerse mejor, aceptarse, entenderse, disfrutarse, en fin, de generar complicidades sanas. Hay que hablar y hablar y hablar... es decir, escuchar. En esto el juego puede ser una herramienta poderosa si se usa bien... pero trágica si se pervierte para reforzar diferencias, favoritismos y poderes. Siempre está el arte, pocas cosas sensibilizan más: la fotografía, la plástica, la música y, por supuesto... el enorme poder de la palabra, como bien nos muestra la película. Pocos retos más valiosos que éste: lograr que lean, que escriban, que se lean y se escriban, que se describan... que se acerquen por la palabra, por la imagen, por el sonido, por el juego. Luego, estudiar juntos, enfrentar juntos el reto de aprender, de aprender a ser, a hacerse persona individual y colectivamente. ¿Fácil? No, para nada. Nadie dijo que la educación fuera fácil. Es apasionante y satisfactoria, pero no es fácil: como la vida.

Un detalle final y curioso: la imagen de los muros, del muro, está tan presente en esta película como en The Wall de Pink Floyd, en la que una educación que enladrilla a los estudiantes nos hace terminar coreando con ganas: “we don’t need no education” . No necesitamos una educación que refuerce los muros o profundice los miedos. Necesitamos una educación que escarbe y ensanche las grietas, venciendo los miedos, dejando entrar la luz y el aire para que cada estudiante respire, se mire y pueda encontrarse. Encontrarse consigo mismo. Encontrarse con otros. Romper el muro. Vencer el miedo. Lograr que la jaula vuelva a ser aula: lugar de encuentro.

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